The Sailor and the Naiad 1. Aclimatación

Fic de sarahyellow. Traducido por OuterSpace

Capítulo 1: Aclimatación

Ese chico ha estado remando casi todo el día.

Desde donde se encontraba, sentado y encorvado sobre un cajón de embalaje en la proa del barco, Apolodoro miró con indiferencia hacia donde se encontraba el miembro más nuevo de la tripulación. Era un hombre joven, apenas por sus veinte veranos, e iba bajo el nombre de Tom. Su cabello y piel más claros, lo delataban, poniendo en evidencia que era extranjero, y los miembros más antiguos de la tripulación le habían hecho pasar un mal rato debido a ello, poniendo sobre sus hombros más tareas de las aceptables.

Sin embargo, el abderitano había demostrado ser un trabajador enérgico; nunca rezagándose con sus deberes, ni quejándose de las inmerecidas opresiones hacia su persona; y, el barba roja de Apolodoro, no pudo evitar darle algo de crédito por sus esfuerzos. Girándose hacia su amigo y segunda mano, llevó de vuelta a su boca la pipa de la que había estado fumando, hablando con la boquilla entre los labios.

Entonces, si debes hacerlo, cámbialo con alguien más —dijo.

¡Tom! —Kyros llamó al remador rubio que estaba más abajo en el barco—. ¡Deja que Diógenes tome tu lugar y ven aquí!

Apolodoro miró desagradecido al otro hombre.

¿Por qué hiciste eso? —murmuró en torno a su pipa—. No quiero hablar con el bribón.

Cortos minutos después, los pasos de Tom sonaron al cruzar por la cubierta del barco. El capitán le daba la espalda al chico, por lo que sólo lo vio por el rabillo del ojo cuando éste se acercó para sentarse sobre un cajón libre.

Kyros —saludó gratamente y un poco sin aliento—. Capitán.

Kyros palmeó jovialmente en el hombro al hombre más joven con una risa.

Aw, no le digas capitán, ya nos da suficientes problemas así como es. Aquí todos somos simples marineros.

Apolodoro frunció el ceño por el comportamiento acogedor de su amigo. Tratar con aspereza a los miembros más nuevos de la tripulación era lo adecuado. Los gestos amigables eran gratificaciones para los hombres aguerridos que se habían probado a sí mismos, y Kyros se los estaba dando muy fácilmente a un hombre que apenas había estado a bordo lo suficiente como para aprender a mantener el equilibrio en el barco.

Ten, toma un trago. Hoy ya has demostrado tu temple trabajando ahí.

Gracias —Tom aceptó la bolsa de agua que se le ofreció y la se la llevó a los labios para darle un largo trago.

No hay problema, Tom, no hay problema. Y, ¿qué tal te ha parecido el mar hasta ahora?

Bien, supongo —el rubio se encogió de hombros sin compromiso—. Ni mejor ni peor de lo que esperaba.

Con eso, el primer oficial palmeó su rodilla, divertido.

Bueno, ahí lo tienes, Apolodoro: ¡un verdadero marinero de nacimiento ante ti! Le pregunté cómo le ha parecido el mar, ¡y dice que no es ni mejor ni peor de lo que esperaba!

El hombre pelirrojo negó con la cabeza.

Tonto, las opiniones tienen menos valor del que les das. Lo único que importa es cómo trabaja un hombre, y éste hace bien su trabajo —entonces, reconoció el trabajo de Tom al hacer contacto visual y el más joven asintió como respuesta.

Bueno, un poco de amor rudo por el mar puede mantener a Poseidón de nuestro lado, seguro que sí. Y esos que prefieran estar en tierra, saltarán del barco con la primera señal de problemas… lo harán —el capitán asintió con su cabeza durante el discurso, mirando en silencio los tablones de madera de la cubierta—. Y así como estamos a punto de acercarnos a las aguas traicioneras de Antemoesa, preferiría tener almas valientes a bordo que tener almas volubles, ¿tú no?

Sí.

¿Antemoesa? —preguntó Tom con sus cejas levantadas en forma de pregunta.

Sí, un lugar peligroso por donde pasar. Dicen que varias mujeres viven allí, usando su canción mágica para atraer a los hombres a las rocas directo a sus muertes. Dicen que el fondo del océano alrededor de esa isla está contaminado con miles de huesos.

Los ojos del abderitano se abrieron desmesuradamente, no por miedo, sino tal vez por un interés en la historia.

Deben ser mujeres muy hermosas como para haber atraído a tantos.

Muy cierto, son las mujeres fatales más insidiosas que hay. Mantienen su encanto hasta que un hombre cae en su trampa, después, su verdadera naturaleza se revela y te quitan la piel como se le quita la carne a los huesos de un pescado.

Mientras Kyros continuaba relatando su historia, Tom escuchó y almacenó la información, a veces haciendo preguntas para aclarar dudas. Apolodoros sólo se sentó ahí y fumó de su pipa, murmurando entre dientes comentarios como: “esas son supersticiones esparcidas por marineros obnubilados por el calor “.

– – –

Bill observaba desde su lugar en los riscos cómo la nave crecía,  aproximándose en la distancia. Se mordió su labio, preguntándose si los hombres a bordo sabían del peligro en el que se estaban metiendo. Con una mirada rápida hacia abajo, pudo ver en las rocas a Eugenia y sus hermanas, esperando. Un sentimiento familiar de angustia inundó al joven náyade, pues sabía sus intenciones. Al igual que muchas otras veces antes, convertirían a los hombres en sus presas.

A pesar de que nunca se había atrevido a enfadarlas, al intentar advertirles a los humanos, siempre buscaba sobrevivientes después de que las mujeres se hubieran ido. Aunque nunca quedaba nadie. Las costas de la isla eran en su mayoría inhóspitas, con sus rocas afiladas que estrellaban los barcos y los convertían en astillas de madera, y sus espantosas olas de miedo que chupaban incluso a los mejores nadadores en lo profundo, llevándolos a sus muertes.

Bill miró hacia la orilla de la costa mientras el barco se acercaba más. Podía ver las formas de los hombres a bordo, caminando y realizando varias tareas marítimas. Los grandes remos del barco lo seguían llevando más cerca de la isla, muy cerca, dentro de un rango auditivo. Bill dio un respingo cuando los melodiosos tonos de la canción de las sirenas comenzaron; era el principio del fin para los pobres marineros, pues era una melodía que ningún oído humano pudiese resistir.

Kyros se apresuró al lugar cerca del mástil en donde Apolodoros estaba de pie.

Mi capitán, debemos taponar nuestros oídos o no acercarnos más.

El hombre de barba roja simplemente frunció el ceño y con una mano hizo un movimiento brusco de despedida.

Fueron suficientes disparates por el día de hoy, Kyros. ¡Si escucho más de eso, voy a sospechar que has estado tomando agua de mar!

El segundo oficial miró hacia el tramo de océano que continuaba reduciéndose entre su bote y la isla, y sus ojos se abrieron con alarma.

¡No debemos acercarnos! ¡Será una muerte segura si vamos más cerca! —cuando recibió un gruñido que indicaba que estaba siendo ignorado, Kyros se alteró más—. ¡Señor!

Ah, ya cállate, ¿sí? No voy a escuchar más de tus aullidos, ¿entiendes? —volteando a ver a los hombres en el área de remos, vio que algunos de ellos habían disminuido o detenido sus esfuerzos al haber hecho caso de las aseveraciones aterradas del segundo oficial acerca de que había peligro cercano.

¡¿Y ustedes qué creen que están haciendo?! —gritó.

Algunos de los hombres se vieron avergonzados por el regaño y volvieron a remar a un ritmo apropiado, pero algunos continuaron dudando. Enrabiado por el miedo supersticioso de los miembros de su tripulación, el capitán de barba roja despotricó contra uno de los remadores que seguía quieto y lo agarró fuertemente por el reverso de su túnica, sacándolo del hueco y tomando su lugar.

¿Y bien? ¡Vamos! —vociferó. Sus dedos callosos se apretaron alrededor de la madera suavizada del remo y lo jaló hacia sí mismo. El resto de los marineros dubitativos parecieron encontrar determinación por sus acciones, y pronto, el barco estaba de nuevo en curso.

Cuando navegaron apenas un poquito más cerca de la isla, los melodiosos sonidos de mujeres cantando alcanzaron sus oídos. La canción que se dejaba llevar sobre las olas no se formaba con palabras griegas, sino con unas de un idioma extraño y desconocido. Pero la letra parecía no tener importancia; sin importar el idioma, la melodía que escucharon avivó  dentro de los hombres un deseo intenso. Navegaron más cerca y cuando un montón de mujeres bonitas salieron a la vista, toda la tripulación del barco supo que el deseo que estaba quemando sus corazones era por ellas, por aquellas extrañas y hermosas criaturas sentadas sobre las rocas.

Eventualmente, se acercaron lo suficiente para que las olas los llevaran más dentro, cerca de la costa, y los hombres abandonaron sus remos para correr a las barandillas del barco, inclinándose sobre ellas para ver a las hermosas mujeres, las preciosas bellezas que estaban llamándolos, estirando sus cariñosos brazos en desesperación por ellos. Tom parpadeó, embelesado junto con el resto; su mente estaba nublada por la melodía encantadora de la canción de las sirenas.

¡Mírenlas! —lamentó un marinero alto, a la derecha de Tom—. ¡Nos necesitan, debemos ir con ellas!

Incluso cuando algún fragmento mudo de sentido común continuaba queriendo decirle que eso no estaba bien, Tom se encontró a sí mismo concordando de cualquier forma con lo que el hombre había dicho. Sin poder alejar sus ojos de las mujeres perfectas que los llamaban desde las rocas, ni siquiera notó que estaba subiéndose a las barandillas del barco hasta que estuvo de pie sobre ellas, listo para saltar a las aguas grises que se agitaban por debajo. Un vistazo a su derecha mostró a casi todos los hombres en más o menos la misma posición, y una exasperante incertidumbre oscureció su mente antes de que la canción sonara más fuerte y su atención se fijara nuevamente en la meta de suma importancia, que era llegar a donde estaban las mujeres.

Sin miedo o preocupación real por su vida, saltó al mar.

Bill se aferró a la roca con sus dedos, inclinándose hacia adelante con pavor al ver a los ocupantes del barco cayendo en la trampa de las sirenas. Uno por uno, todos saltaron dentro de las olas despiadadas, y el rostro del joven náyade se arrugó con decepción mientras los veía mecerse como corchos sobre la espuma agitada del mar, antes de que comenzaran a desaparecer uno por uno. Ahogados. Llevados a la muerte para yacer en el fondo del océano. Las sirenas dejaron de cantar una vez que los humanos se aventaron al agua, y ahora sólo reían a carcajadas y disfrutaban de su espectáculo favorito mientras los marineros encontraban su fin; a pesar de que algunos parecían ser mejores nadadores que el resto y de que lucharon contra la furia de las olas por un largo rato. Después de un tiempo, Eugenia se aburrió; sus expresiones divertidas se desvanecieron y llamó a sus hermanas para ir de vuelta a su hogar, que estaba del otro lado de la isla.

Bill esperó hasta que estuvieron fuera de vista antes de bajar del risco. Llegó a la costa y subió a una roca alta para poder mirar por encima del agua. No se veían cuerpos en donde las olas se estrellaban contra las piedras filosas y más allá, el agua estaba carente de cabezas meciéndose sobre ella. Bill pasó un último largo y triste momento  mirando sin esperanza al mar, antes de darse la vuelta y regresar a su hogar dentro de la isla.

Sin embargo, Bill se congeló después de dar varios pasos. Más adelante en una corriente de agua arrastrada por la marea, había una forma de un hombre. Con sus labios abiertos por la sorpresa debido el nuevo acontecimiento, Bill se echó  a correr por la arena. Cuando iba por la mitad, la breve luz de esperanza que había reavivado su corazón,  comenzó a desvanecerse nuevamente. El hombre no se veía muy vivo, así como estaba, boca abajo y moviéndose ligeramente cada vez que la marea llegaba hasta el agua poco profunda en donde estaba flotando. De hecho, se veía bastante muerto.

Aun así, Bill se sintió forzado a voltear al marinero y arrastrarlo a tierra seca, por si acaso. Cuando saco al humano (el náyade observó que se trataba de un hombre joven, más o menos de su edad) completamente fuera del agua, se movió para sentarse cerca de él, cruzando sus piernas y esperando. El hombre no parecía estar respirando, y Bill sabía que esa era una mala señal porque estaba bastante seguro de que se suponía de que los humanos debían respirar.

Observó y esperó a ver si algo resultaba de sus acciones o si sólo habían sido en vano. Y mientras estaba ahí sentado, Bill contempló  los rasgos del otro hombre, incapaz de evitar pensar en que, muerto o no, éste era definitivamente el hombre más guapo que había visto en su vida. Justo cuando se inclinó para pasar un dedo por el rostro del hombre, los ojos del marinero se abrieron con pánico. Tomó un respiro que hizo górgoros, y sus manos se dirigieron hacia su garganta, comenzando inmediatamente a toser y hacer toda una serie ruidos húmedos y horribles. Cuando volteó su cabeza hacia un lado, un montón de agua de mar escapó de su boca, y después pareció respirar con más facilidad. Jadeando, se dejó caer hacia adelante, con la frente apoyada en la arena.

Bill frunció el ceño con preocupación por el marinero ahora consciente y estiró su brazo para palmear su espalda para tranquilizarlo. El omóplato sobre el cual había apoyado su mano, se separó inmediatamente de su toque, y los ojos grandes y llenos de pánico volvieron, esta vez dirigidos hacia él.

¡¿Quién… quién eres?! —preguntó con voz alta debido al miedo.

Bill apenas y tuvo tiempo de contemplar una respuesta, mucho menos pudo dar una, cuando, de repente, la expresión del hombre se transformó, pasando de ser una sólo de miedo, a ser una de miedo y entendimiento, acompañados de aversión. El humano pareció decidir por él mismo lo que Bill era, porque para el próximo momento, retrocedió, gritando.

¡Tú! ¡Eres una de esas criaturas! ¡Aléjate!

Bill abrió su boca para calmar al humano, para informarle que él definitivamente no era una sirena, pero antes de que pudiera decir algo, un puñado de arena le fue arrojado. Bill continuaba limpiando la arenilla de su cara, cuando algo mucho más duro golpeó un costado de su cabeza, haciéndole dar un grito de dolor. Con la arena fuera de su rostro, Bill vio que el objeto desconocido se había tratado de un gran caparazón. Enojado y ofendido, levantó la vista y encontró que el humano ya había comenzado a alejarse, corriendo por la playa.

Bill se puso de pie y frotó el punto adolorido de su cráneo donde estaba seguro que se le haría un moretón.

«—¡Qué humano tan desagradecido! —pensó». Aunque este era el primer humano con el que interactuaba. Quizá todos eran así. No tenía forma de saberlo.

Bill miró nuevamente al marinero, y vio que su paso de retirada había disminuido. El hombre dejó de correr, y después caminó más y más lentamente antes de detenerse. Bill achinó los ojos para intentar ver desde la distancia lo que hacía, y después jadeó cuando el hombre llevó una mano a su costado, antes de encorvarse en una clara señal de dolor, y luego, finalmente colapsó en el suelo.

Alarmado, Bill se apresuró a ver cuál era el problema con el humano para haber caído así.

– – –

Desde donde estaba en el agua, Bill observó al marinero mientras despertaba lentamente. Debido a la experiencia de varios días, el náyade había aprendido con rapidez a no estar muy cerca del humano cuando éste volvía en sí. El día anterior, por ejemplo, casi había sido golpeado en la cara y por eso ahora mejor merodeaba en el riachuelo; sólo sus ojos permanecían sobre el agua, pues quería esperar a ver cuál sería el recibimiento el día de hoy.

Tom —como Bill había descubierto que se llamaba—, despertó, y se concientizó de sus alrededores nuevamente. Por un momento, Bill ni siquiera fue notado, y vio desde su escondite, cómo el humano se sentaba haciendo un gruñido, una mano automáticamente se dirigió al vendaje en su cintura.

El hombre había sido herido, las contusiones moteadas sobre su piel daban evidencia de ello. Pero no había heridas abiertas, por lo que, lo que fuera que estuviese mal con el marinero parecía estar por dentro. Bill tenía poco conocimiento de esas cosas, y por lo tanto, lo único en lo que había sido capaz de pensar era en hacer un vendaje apretado alrededor del abdomen del hombre, en donde el dolor parecía ser mayor.

Por uno o dos días había parecido que el humano probablemente moriría. Bill (con algo de bastante dificultad) lo había llevado tierra adentro hasta el interior de la isla en donde a él le gustaba pasar su tiempo. Había observado, con preocupación e incapaz de hacer algo más, cómo el marinero se retorcía por horas a causa de la fiebre, el dolor y el delirio. Finalmente, después de lo que había parecido una eternidad, pero en realidad no había podido ser tanto tiempo, el hombre lentamente parecía estar mejor.

Bill había estado a su lado la primera vez que Tom despertó, pero éste había estado tan débil como para hacer algo más que murmurar y decirle a Bill que “se largara”. Bill se había ido y le había cocinado algo de pescado, dejándolo acomodado en una organizada pila a un lado del hombre durmiente, para que la próxima vez que el marinero despertara, tuviera suficiente energía para atacar más coordinadamente al joven náyade.

Otras cuantas respuestas poco hospitalarias habían sido llevadas a cabo desde entonces, y ahora Bill no se estaba arriesgando más. Observaba desde la seguridad del arroyo, en donde podría hacer un escape rápido en caso de que Tom decidiera ser malo de nuevo. Observó en silencio, atreviéndose a salir un poco más del agua hasta que el puente de su nariz apareciera. El marinero estaba tocando los vendajes alrededor de su abdomen como si estuviera intentando quitárselos.

¡No, no lo hagas! —Bill sacó su boca del riachuelo.

Los ojos de Tom se dispararon hacia el náyade, abiertos con sorpresa.

¡Tú! —exclamó; sus manos abandonaron su abdomen para hacer un movimiento, como si fuese a acercarse.

Bill hizo un sonido de susto y se echó para atrás en el agua, poniendo distancia entre el humano y él mismo, pero manteniendo su rostro encima de la corriente. Esa reacción defensiva causó que el otro hombre se detuviera, y Tom retrocedió, con una expresión enojada derritiéndose un poco en su rostro mientras volvía a sentarse. Sin embargo, continuó ojeando sospechosamente a la criatura en el agua y hubo una pizca de recelo en su voz cuando preguntó:

¿Por qué sigues quedándote cerca de mí, eh? ¿Qué planeas hacer?

Nada —Bill negó inocentemente con su cabeza. Para ese entonces, ya sabía que el marinero pensaba que él le haría algún tipo de daño, como sus primas las sirenas. Y fue con un movimiento pacífico de manos debajo del agua, que intentó disipar esos miedos—. Te saqué del agua. No te movías.

¡Eso es porque ustedes cantaron esas canciones y nos embrujaron! —grito Tom enfurecido, moviéndose hacia adelante como si fuera a aventarse contra Bill. Sin embargo, dicho movimiento resultó ser una mala idea, pues ocasionó un gruñido y un mohín de dolor en el rostro del hombre.

Desde el agua, el ceño de Bill se frunció con preocupación, pero se quedó en su lugar, vacilante de acercarse al hombre que claramente todavía tenía intenciones violentas en su contra.

¿Estás… bien? —preguntó.

No, estoy herido. ¡Tú deberías saberlo, tú lo causaste!

Bill frunció el ceño ante el comentario, resentido al ser continuamente culpado. Decidido de que este malentendido había llegado ya muy lejos, se levantó un poco más sobre el agua con sus hombros cuadrados por la indignación.

Yo no te lastimé —dijo, y el humano pareció ser tomado por sorpresa por el repentino cambio de tono y conducta. Con su voz un poco más calmada, ahora que tenía la atención del otro hombre, Bill continuó—. Las sirenas fueron las que lo hicieron. Yo te salvé cuando no veían.

Tom lo observó con ojos entrecerrados, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo en consideración de la sinceridad de Bill.

¿No eres una sirena?

No —respondió Bill calmadamente desde el agua, alegre de ver que, al menos en esta ocasión, sus palabras estaban siendo escuchadas. Previamente, el humano lo había alejado con amenazas antes de que Bill tuviera la oportunidad de explicar.

Tom se mofó desde donde estaba sentado y chupó su mejilla con frustración.

Digamos que te creo. ¿Entonces qué? —Bill se encogió de hombros y Tom disparó —. ¿Entonces qué eres?

Señaló abajo, donde el cuerpo de Bill desaparecía bajo el agua, y una larga cola como de pescado podía verse.

¿No tenías piernas ayer?

Soy un náyade —contestó el joven hombre, como si eso lo explicara todo. Una mirada perdida de parte del marinero le dijo que no era así y Bill elaboró—. Puedo tener piernas cuando quiero.

Oh.

Bill mordió su labio y consideró vadear un poco más cerca.

¿Puedo acercarme… o vas a golpearme otra vez?

Por un momento, Tom lo miró parpadeando y luciendo un poco perplejo antes de negar con la cabeza.

No. Sólo no… no me toques.

Ok —Bill fue hasta el borde del riachuelo, cruzando sus brazos sobre la plataforma de arena que formaba el banco—. ¿Ya te sientes mejor?

Señaló hacia los vendajes que había hecho con la túnica arruinada del marinero. Tom asintió distraídamente antes de levantar la vista, sorprendido.

¿Tú hiciste esto? —con el asentimiento de confirmación de Bill, sus manos encontraron el camino de vuelta a su abdomen vendado—. Oh. Bueno, gracias. Creo que me rompí una costilla.

Por nada —respondió Bill con calma.

Tom observó al otro hombre. En verdad lo observó,  ahora que el miedo de ser asesinado mientras dormía había sido eliminado. El por qué, desde el principio, había pensado y supuesto que el joven hombre era algo no humano, era algo que estaba más allá de su entendimiento. El hombre —un náyade, se recordó a sí mismo—, no se veía particularmente diferente a cualquier otra persona. Sus rasgos eran los mismos, y el otro día, cuando había estado en tierra con sus piernas, había parecido normal. Aparte de estar desnudo, por supuesto.

No había ni un solo rasgo discernible que echara de cabeza al joven hombre, era más bien un efecto global, como un flash de algo que podrías alcanzar a ver por el rabillo del ojo, pero que desaparecería en el instante en el que intentaras verlo de frente. Simplemente había una aura elusiva acerca del náyade que dejaba claro que era una criatura diferente. No humano.

Aunque era bonito. Su piel era pálida, pero en vez de verse enfermo, parecía brillar desde adentro, como si cuando el sol lo tocara, emitiera una luz tenue; no lo suficiente para ver a través de ella. Los mechones negros y mojados de su cabello flotaban por la superficie del agua, y sus ojos grandes y curiosos parpadeaban, delineados con pestañas inusualmente largas. La criatura llamada Bill era hermosa, pero de una forma espeluznante.

Bill se sonrió a sí mismo. Sabía que estaba siendo evaluado, pero eso no le molestaba. Bill también pensaba que el humano era bastante apuesto. Sin embargo, cuando Tom volvió en sí y se dio cuenta de que Bill también lo estaba observando, desvió la vista. Bill posó su mejilla en el musgo del suelo y observó cuando el hombre intentó levantarse.

Cuidado —advirtió—. Si estás herido por dentro, mucho movimiento podría empeorarlo.

Desde la posición a cuclillas en la que había logrado ponerse, Tom gruñó.

Tengo que… umph, ¡ah! …regresar a la playa. Tengo que ver si queda algo del barco.

No queda nada —Bill le informó, ganándose un entrecejo fruncido de parte de Tom mientras continuaba levantándose—. Yo revisé.

Sí, bueno —el marinero jadeó por un momento, antes de empujarse de su rodilla con un gran esfuerzo—. Espero que no te impresiones tanto si no te creo.

Ahora, de pie, dio unos cuantos pasos, probando su fuerza y casi logrando no tambalearse.

Yo mismo iré a darle un vistazo.

Desde su posición en el agua, Bill observó a Tom.

¡Aléjate del océano! —le gritó a la espalda del hombre que se retiraba. Con suerte, Eugenia y sus hermanas se mantendrían lejos del humano, mientras éste se mantuviera en tierra firme.

– – –

¿Bill? ¡Bill! ¿En dónde estás? —Tom se dio vuelta en círculo en la extensión herbosa del centro de la isla—. Ven aquí ahora mismo. ¡Quiero hablar contigo!

El silencio se propagó sin respuesta alguna y el marinero frunció el entrecejo. El náyade le había quitado sus vendajes la semana pasada, y poco después de eso, pelearon. En su mayor parte, debido al hecho de que Tom estaba enojado por ser el único humano abandonado en la isla; el argumento había llevado a algunos comentarios bastante ruines de su parte, y Bill se había estado comportando evasivo desde entonces.

¡Bill! —gritó con frustración—. Lo siento, ¡¿ok?!

Sin embargo, el tono poco sincero de su disculpa no logró nada, por lo que intentó nuevamente, con una voz más calmada.

Lo siento, Bill. Por favor, ven aquí.

Varios segundos más transcurrieron, y aún no había señal de Bill. Suspirando, Tom bajó su vista al suelo.

Genial —se murmuró a sí mismo, ojeando con resentimiento a la flor amarilla de un narciso. Justo cuando se preguntaba qué es lo que haría ahora que el otro hombre había dejado firmemente establecido que no quería nada que ver con él nunca más, un leve crujido se escuchó desde el sotobosque en el linde de los árboles, y Bill emergió.

Mientras el náyade se aproximaba por el prado, Tom observó en silencio, mordiéndose la lengua por miedo a decir algo estúpido y hacer que se alejara de nuevo. Pero cuando Bill, finalmente, estuvo de pie frente a él, el marinero no pudo contener su pregunta.

¿Pero qué rayos te pusiste?

Bill frunció el ceño, sus manos se levantaron y alisaron las prendas que él mismo había fabricado.

¿Qué? Es todo lo que tenía.

Tom soltó una carcajada, no pudo evitarlo. Bill se veía demasiado ridículo envuelto en su atuendo hecho de lona. Sin embargo, unos ojos oscuros se entrecerraron, pues la criatura de agua no encontró la situación para nada graciosa.

¡Ya basta! —se quejó Bill, ofendido. Cuando las risitas de Tom tartajearon hasta detenerse, sólo para volver a estallar incontrolablemente de nuevo; el náyade lo fulminó con la mirada y subió una mano hasta su hombro—. Está bien. Entonces, si es tan estúpido, sólo me lo quitaré.

Él también lo haría, Tom estaba seguro de eso, pero algo le dijo al marinero que si no ofrecía pronto algunas palabras para mitigar el enfado, Bill simplemente se volvería a ir. Estirando un brazo para detener a la criatura que estaba haciendo pucheros, negó con su cabeza.

No, no. Está bien, Bill. Así estás bien —el joven pelinegro mantuvo su expresión firme, conservando la amenaza de su disgusto un momento más, antes de asentir una vez y darse la vuelta.

Oye —Tom le habló a la parte trasera de la cabeza de Bill—. Lamento lo que dije. No fue mi intención.

Los hombros de Bill se tensaron casi imperceptiblemente, y después comenzó a caminar, alejándose. Aunque, aparentemente, esperaba que el otro hombre lo siguiera porque contestó con un:

Fue cruel —las suaves texturas de tierra y musgo empezaron a ser pisados por sus pies cuando Tom siguió al náyade entre los árboles y a través de la parte ligeramente boscosa de la isla que él prefería. Unos minutos después de haber comenzado con su caminata, Bill se detuvo repentinamente y Tom batalló para no chocar contra él. Girando, Bill escupió—: Yo no soy como Eugenia, ¡y no soy extraño! Sólo porque no le veo el punto a tu ropa incómoda y rasposa…

Tom frunció el ceño. Cuando habían estado tirándose de insultos, él le había dicho al otro hombre (entre otras cosas), que era un predador inhumano, al igual que sus primas las sirenas a las que no les importaban un carajo las cosas terrestres, mucho menos entender o interactuar con una persona real. Y entonces, finalmente expresando su incomodidad con ambas: la desnudez del náyade y su propia  reacción apreciativa a ello, había terminado diciéndole a Bill que era raro por nunca haber pensado en usar ropa. Y aunque todos sus insultos habían sido bastante insubstanciales, los sentimientos del otro hombre habían sido efectivamente heridos.

Bill, ya lo sé. Sólo estaba enojado.

Bueno, pues lidia con eso. Tal vez no te guste estar aquí, pero yo no fui el que hizo que encallaras. Fueron ellas. ¡Yo te salvé! —el náyade continuó, sólo haciendo una pausa cuando llegó a la pendiente que llevaba a una serie de manantiales.

Lo sé, Bill. Ya dije que lo lamento —contestó Tom, poniéndose a su lado. Bill lo ojeó con decepción.

Dijiste que lo lamentas, pero nunca dijiste “gracias”

 Tom observó sorprendido al hombre que descendía por el borde rocoso del manantial. ¿Acaso Bill tenía razón? ¿En verdad nunca había pronunciado ni una palabra de agradecimiento? Una reflexión rápida de las semanas pasadas lo convenció de que era cierto, y Tom, de repente se sintió mucho más como un patán.

¡Bill, espera! —bajó con dificultad por la frondosa pendiente y con mucha menos gracia de la que el náyade lo había hecho—. Tienes razón.

Voy a entrar al agua, Tom. Me gusta más ahí —se adentró más en el agua ligeramente tibia, de sus tobillos hasta sus rodillas y después se sumergió hasta su cintura, haciendo que la lona saliera a flote a la superficie.

Espera —Tom avanzó, entrando en el manantial hasta que estuvo a la misma profundidad que Bill y se ganó una mirada de extrañeza—. ¿Puedo ir contigo?

Preguntó de repente, sin querer ver a Bill yéndose desanimado otra vez. Bill se mofó.

¿Al agua? Tom, no puedes respirar bajo el agua.

—…Oh —Tom miró los tonos de colores de joyas en el fondo del estanque. No había pensado en eso—. Cierto.

Bill suspiró y sopesó las posibilidades, antes de estirar un brazo y tomar su mano.

Vamos.

– – –

Y aquí estamos.

Tom miró a su alrededor. Estaban bajo la base de un árbol. Raíces gigantes se extendían y se retorcían sobre sus cabezas, sobresaliendo por encima del borde de la orilla del río para formar un espacio cerrado que dejaba suficiente espacio para que sus hombros estuvieran por encima del agua  y permitía que el sol se filtrara formando líneas finas. Se quedaron de pie en el riachuelo, dentro de la sombra del ábol-cueva, y el agua era tan clara que Tom podía ver a los pequeños pececillos que nadaban alrededor de sus pies.

¿Aquí es donde naciste? —preguntó con desconfianza. Parecía un extraño lugar para que algo, que no fuera un pescado, naciera. Aunque, se corrigió mentalmente, Bill sí era más o menos mitad pescado. O al menos podía serlo cuando quería. En ese momento, ambos tenían piernas completamente humanas.

Bill pasó sus manos por la superficie del agua, sonriendo.

No. No sé en dónde nací. O si es que… nací —se encogió de hombros, el movimiento causó ondas pequeñas a su alrededor—. Sólo que este es el primer lugar en el que recuerdo haber estado. Antes de eso, no lo sé.

Tom observó minuciosamente al otro hombre, pensando en lo que le acababa de decir. Era una historia extraña, pero Bill era una extraña criatura.

¿Alguna vez tuviste padres? —preguntó suavemente, en caso de que sí los hubiera tenido y que ahora estuvieran muertos, pero Bill negó con su cabeza.

Si los tuve, no los recuerdo. Pero creo que no. Simplemente un día comencé a existir.

Se quedaron en silencio por un tiempo; por el momento, no tenían nada más que decir. Bill se apoyó perezosamente contra Tom, posando su mejilla sobre el hombro del humano, y Tom le dio una palmadita en la espalda. El náyade había estado recibiendo esos toques por meses, y aunque antes le hubiera parecido algo sexual, Tom ahora sabía que era un gesto puramente de confort para el otro varón.

¿No te sientes solo aquí? —preguntó después de un rato.

Bill se separó para verlo a los ojos.

Antes sí —susurró—. Siempre buscaba marineros en el agua, pero nunca ninguno sobrevivió, sólo tú.

Sus labios se levantaron en una ligera sonrisa.

Ya no es tan malo.

– – –

Bill contempló el gris monótono del océano. Nunca entendería por qué a sus primas les gustaba tanto. Semejante lugar tan enfuriado y violento nunca podría ser constante. Nunca podría ser un hogar. Tom hizo un ruido de placer voraz desde su lado, en donde estaba disfrutando de las últimas criaturas marinas que Bill había capturado en el agua. Ambos estaban sentados en los acantilados, en el mismo lugar al que el joven náyade venía siempre a observar las horribles canciones de las sirenas. Sin embargo, eso no se lo había dicho a Tom. Por ahora, era simplemente otro lugar para sentarse.

La brisa del océano era fuerte y olía a sal y a pescado, y soplaba en rachas mientras el marinero comía.

¿Bill? —preguntó entre mordidas que le daba a la carne de su cangrejo, y el hombre pelinegro apartó su vista del océano para mirarlo a los ojos.

Exactamente —continuó Tom—, ¿qué eres?

Bill arrugó su frente con confusión ante la interrogante, y el hombre rubio elaboró.

O sea, me has dicho lo que no eres, y te has llamado a ti mismo un náyade, pero, ¿eso qué significa? Nunca has explicado tu índole.

Bill ladeó su cabeza, tomando eso en cuenta. Supuso que, en realidad, no lo había explicado; aunque después de casi un año sin más compañía que la del uno y el otro, sólo había asumido que para ese entonces sería obvio. ¿Acaso los humanos no tenían el conocimiento de ese tipo de cosas?

Bueno, —ofreció—, estoy confinado al agua, eso lo sabes.

¿Lo sé? ¿Por qué dices “confinado”, cuando te veo caminando por la tierra casi todos los días?

Bill se encogió de hombros.

Me refiero a que estoy confinado a la isla. Mi vida está atada a sus arroyos y sus riachuelos. Mientras las sirenas son libres de cruzar el océano, yo permanezco aquí donde hay corriente y agua fresca. No puedo… irme.

Tom frunció el entrecejo. Una vida entera en esta isla… el hermoso, pero desolado lugar en el que no había ni plantas, ni animales para comer, y dónde sólo había venenosas flores amarillas. Parecía un final indeseado. Tom nunca había hablado mucho al respecto con Bill, pero constantemente se había estado preguntando por qué el hombre elegiría residir en semejante lugar.

Pero, si pudieras irte… si un bote llegara y…

No, Tom. No entiendes. No puedo irme. Si nadara en el océano una sola vez, moriría.

El marinero se vio impactado, y después molesto.

Eso es horrible. ¿Por qué harían los dioses algo como eso?

No es la ira de los dioses. Es sólo lo que soy —Bill no dijo nada respecto a cómo él, también, a veces deseaba una vida diferente—. Ustedes, los humanos, no están atados a nada; vagan por la tierra y el océano como les place.

Tom se mofó desde donde estaba sentado, ya sin poner mucho esfuerzo en dejar su comida a un lado.

Sí, y mira a dónde me trajeron todos mis vagabundeos.

¿Atascado aquí? —preguntó Bill con sus cejas levantadas. Tom encontró su mirada con ojos defensivos.

No dije eso —pero Bill sólo sonrió tristemente.

Está bien. Sé que extrañas tus ciudades humanas… a otra gente.

Tom se sintió culpable por escucharlo, pero era evidente en su rostro que Bill sabía que era cierto. No podía mentir.

A veces —admitió con vacilación—. Pero también me gusta estar contigo.

Lo sé —entonces Bill sonrió de verdad.

– – –

¿Qué es lo que te tiene de malas hoy? —Tom rodó para hacerle cosquillas a la nariz de Bill con una brizna de pasto que había escogido. Sonriendo por los sonidos que obtuvo por ello—. ¡Por fin! Ese ceño fruncido estaba empezando a ponerme de nervios.

Se desplomó de vuelta sobre el pasto y escuchó a Bill sentándose antes de que se inclinara sobre él, sus posiciones se habían cambiado.

No he estado frunciendo el ceño —corrigió—. He estado pensando.

Tom parpadeó.

Y bueno, ¿qué es lo que tienes en mente?

Sexo. ¿Es agradable?

Tom retrocedió. Lo había tomado completamente desprevenido con eso, especialmente con la forma tan particular en la que Bill estaba inclinándose sobre él.

Eh, bueno, es… sí.

¿Cómo es?

La forma en la que lo preguntó, tan inocente y seria, casi hizo reír a Tom. Casi. El marinero estaba seguro de que se estaba sonrojando mientras tartamudeaba.

Bueno, es… es sexo, ¿sabes?

Bill hizo un puchero adorable y resopló, protestando.

No, no lo sé. Por eso te estoy preguntando.

Tom simplemente no podía pensar al tener al hermoso hombre tan cerca, y se alejó arrastrándose para sentarse en su propio espacio. Después de un momento que tomó para respirar, preguntó:

Si no sabes lo que es, o cómo es, ¿cómo es que siquiera conoces la palabra? —el hombre rubio intentó recordar si es que lo había mencionado en alguna conversación casual. No pensó que fuera posible, considerando la atracción creciente hacia el náyade que había estado intentando ignorar durante meses.

Sin embargo, Bill no pareció nada conmocionado por el tema en absoluto, y respondió con facilidad.

Eugenia me contó.

Tom parpadeó. Sólo había escuchado al otro hombre hablar de las sirenas en un contexto extremadamente negativo. Había tenido la impresión de que eran enemigos mortales, sin tener contacto los unos con los otros.

¿Ha-… ¡¿Hablaste con ellas?!

Bill apretó sus labios con disgusto.

Bueno, no voluntariamente. A veces me atrapan desprevenido.

¿Y te hablaron de sexo? —Tom pensó que era muy raro—. ¿Qué te dijeron?

Bill se encogió de hombros.

No mucho. Dijeron que era algo que los humanos hacían entre sí para mostrarse afecto y que se supone que se siente muy bien.

Tom tragó saliva, pensando en que era horriblemente soez de parte de las mujeres el sólo ir y decirle a Bill todo eso.

Pues tienen razón. Es una de esas cosas…

Los ojos de Bill se abrieron desmesuradamente y con emoción ante eso.

¿En serio? —preguntó efusivamente y recorriéndose hasta que estuvieron cerca otra vez—. ¿Podemos hacerlo?

¡¿Qué?!

Bill se hizo un poco para atrás alarmado por la reacción que acababa de recibir, se veía dolido.

Perdón —ofreció rápidamente—. No sabía… es que pensé que… ¿Por qué no podríamos tener sexo?

Bill estaba tan encantadoramente perdido respecto al tema, que Tom se sintió como el mayor pervertido en la tierra por estar excitado por la proposición. Intentó desviar la mirada, pero sintió que al menos le debía al otro hombre el mirarlo a los ojos mientras él, delicadamente, le explicaba que el sexo era algo que la gente hacía cuando estaban enamorados o sexualmente atraídos el uno al otro.

Oh.

Dos pares de ojos que mostraron su reconsideración, revolotearon al mismo tiempo, revelando involuntariamente los pensamientos del otro, antes de que ambos partidos desviaran la mirada rápidamente.

– – –

Y después sólo… ¡lo lanzas! —Bill le sonrió a Tom ampliamente—. ¿Ves? Y así atrapas uno.

Saltando de una piedra a otra, hizo su camino hasta donde estaba la lanza que había lanzado al agua. Al sacarla, un gordo pescado plateado se retorció en la punta. El náyade tomó a la criatura resbalosa como si no supusiera un reto, y la sacó, aventando a la cosa moribunda hacia la orilla del río.

Tom se hizo a un lado cuando la pesca del otro hombre cayó muy cerca de sus pies descalzos. Miró a Bill con suspicacia cuando la lanza le fue ofrecida y un brazo se movía pidiéndole que se acercara. 

¡No hay forma de que yo pueda hacer eso!

El hombre pelinegro sólo sonrió e insistió, sin rendirse hasta que el humano estuvo en las rocas con él.

Ok —instruyó—, sólo… sí. Sostenlo así y pon tu brazo atrás hasta que el peso se balancee en el centro de la lanza.

Tom hizo su brazo hacia atrás, intentando imitar la postura que Bill había usado, pero aparentemente sus esfuerzos fueron en vano porque el náyade hizo un sonido reprobador  en su garganta y se acercó para corregirlo.

Tom suspiró cuando Bill se aproximó para arreglar lo que fuese que estaba haciendo mal, pero entonces sus cuerpos entraron en múltiples puntos de contacto —espalda contra pecho, palma contra muñeca, mejilla contra mejilla— y de repente, la enseñanza se mutó en una sobrecarga de tensión sexual. Ya había pasado antes, pero nunca así de fuerte y rápido, pensó Tom mientras su aliento era atrapado en su garganta y su corazón se aceleraba. Una mirada al rostro que estaba al lado del suyo mostró unas pupilas dilatadas y unos labios entreabiertos, y el marinero supo que no era el único que estaba teniendo su momento.

Tom intentó enfocar su atención de vuelta en la lanza que estaba en su mano y en el lanzamiento que se suponía que tenía que ejecutar, pero era difícil. El cálido aliento de Bill chocando contra la piel de su cuello era algo extremadamente distractor. Bill tragó saliva, también intentando mantenerse enfocado, y cuando volvió a hablar, su voz estaba ligeramente ronca y más baja de lo que debería.

No lo dobles tanto hacia atrás, sostenlo aquí, así —el brazo de Tom se ajustó cuando Bill lo presionó un poco. Y cuando eso fue hecho, se quedaron así por un largo rato, ambos respirando y pensando en el otro.

¿Ahora qué? —Tom casi susurró, sin darle más importancia a matar a un estúpido pez, si es que alguna vez le interesó.

Oh —Bill parpadeó, retrocediendo y asintiendo su cabeza hacia adelante—. Ahora encuentra una de las sombras. Elije una grande.

Tom dejó que sus ojos se pasearan por la superficie del agua, localizando un pez adecuadamente grande que no estaba muy lejos.

Síguelo con tus ojos. No tenses tu brazo, sólo obsérvalo.

Tom logró comprender el significado de lo que Bill dijo, a pesar de que estaba escuchando más el sonido de su voz, en lugar de las palabras.

Ok —dijo, sintiendo que si sólo recibiera otras pocas instrucciones para pescar, la tensión inesperada de la situación se disiparía.

Cuando volvió a hablar, Bill lo hizo desde una distancia de un pie, en lugar de estar a sólo unos centímetros. Una distancia segura.

Ahora continúa siguiéndolo. Obsérvalo como si eso fuera lo único que tuvieras la intención de hacer. Averigua su velocidad, los patrones en los que nada.

Tom chupó su labio, haciendo lo que se le decía y poniendo toda su concentración sólo en observar la gran sombra debajo del agua. Gradualmente, sintió su pulso disminuir, sus músculos se relajaron incluso en la posición anticipada.

¿Ves al pez? —preguntó Bill con calma, y el marinero asintió. El pez era lo único que veía. Su mente estaba en blanco—. …lánzala.

Tom lo hizo, y miró con asombro cómo el arma daba en el blanco, incrustándose en el cuerpo carnoso debajo de la superficie del agua. Una amplia sonrisa apareció en su rostro; sorpresa y orgullo llegándole al pecho para dar pie a un grito de emoción que salió por sus labios—. ¡Sí! ¡Lo tengo!

Saltó una vez y volteó hacia el náyade que estaba de pie en la roca con él.

¡Le di! —volvió a informar, riéndose abruptamente con emoción—. ¿Lo viste? ¡No puedo creerlo!

Bill le sonrió, compartiendo su alegría por el logro, pero la sonrisa rápidamente se suavizó en los comisuras con algo más que falta de diversión al apreciar al marinero con otros ojos.

Fue genial —ofreció—. Lo hiciste genial.

La respiración entusiasmada de Tom disminuyó un poco, y notó la expresión en el rostro del otro hombre. De inmediato, su corazón comenzó a latir rápidamente de nuevo y se sintió tenso.

El hombre pelinegro miró al suelo donde sus pies descansaban contra la roca del río, controlándose a sí mismo, y después volvió a levantar la vista al acercarse para estar de pie muy cerca de Tom.

Muy bien —dijo suavemente como continuación a su elogio, aunque sonaba completamente como algo más; algo que apretujó la garganta de Tom y le hizo difícil desviar la mirada. Bill se acercó mucho, pasando del punto que podía llamarse seguro.

No debería… —la voz de Tom se atoró y tuvo que volver a intentarlo—. ¿No debería ir por el…

Unas manos subieron para descansar completamente en el punto en el que su pecho se convertía en su hombro.

El, ahm… —Bill levantó sus cejas con diversión—. Eh, el…

El… ¿pez? —suministró Bill y Tom asintió nerviosamente, murmurando un “sí”.

Bueno… —las manos de Bill bajaron desde los hombros de Tom, hasta sus brazos y después hasta sus manos, guiándolas discretamente para que descansaran en su propia cintura—. Digamos que ya atrapaste uno.

Al cerebro confundido de Tom, le tomó un momento comprender el mensaje, y una vez que lo hizo, lo golpeó el pensamiento de que sólo Bill podría convertir cualquier cosa relacionada al pescado en coqueteo. Las manos de Bill regresaron a su anterior posición sobre sus hombros, y las manos de Tom permanecieron en donde Bill las había colocado, disfrutando la oportunidad de sentir.

Aunque no puedo comerte a ti —bromeó Tom, pero en lugar de un acuerdo, se ganó una contienda.

¿Ah, no? —retó Bill en un susurro, juntando sus rostros para lo que definitivamente sería un beso—. ¿Por qué no pruebas y lo averiguas?

Sus labios se encontraron, y los ojos de Tom se cerraron inmediatamente. El cuerpo de Bill se paralizó en el instante en el que sus bocas fueron selladas, y mientras Tom lideraba el beso, los dedos del náyade se curvaron. En algún lugar en el fondo de su cerebro, Tom pensó que lo que estaban haciendo, era probablemente el primer contacto físico e íntimo que el otro hombre había experimentado con otra persona. Eso sólo le hizo querer hacerlo lo mejor que podía, y Tom subió una mano para acunar la nuca de Bill, atrayéndolo al abrazo y manteniéndolo ahí mientras se besaban a la mitad del río.

Continuará…

¿Qué tal? ¿Les gustó el primer capítulo?

Serán sólo tres, pero como pueden ver, son algo largos… los otros dos no son tan extensos como éste, el más corto tiene cerca de 4 mil palabras, pero vaya que se disfrutan. Como siempre, les pido que si ven algo raro, me avisen y yo lo corregiré en cuanto pueda. Aunque la verdad es que estoy bastante conforme con la traducción de este capítulo; creo que lo hice de puta madre, considerando que la autora tiene una forma de escribir bastante… (muy) elaborada, así que estoy orgullosa de mi trabajo. 😛

Gracias a los que leyeron. Se agradecen los comentarios. ^^

¡Saludos! ^^

Traductora del fandom

1 Comment

  1. Linda la historia, Billy no conoce su origen o a sus padres, y para colmo debe permanecer ahí, atrapado en es isla.
    😘😄hermosa traducción!!

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